¿Por qué todos moriremos algún día?

En algún momento en nuestra vida pensamos en la muerte.  Por lo general se afirma que es una transición hacia otra dimensión, y para ser realista, comenzamos a morir desde el mismo instante que nacemos.

Yo visualizo la vida como la luz que proviene de una vela, es decir, la vida comienza en el momento que aparece la llama, iluminando todo a su alrededor, y se va extinguiendo poco a poco hasta que finalmente se apaga. Después de ello, solo queda la cera o parafina como un recuerdo de su existencia.

Existe un rechazo a la muerte porque simplemente deseamos vivir, queremos amar, ser felices, y cuando nos sorprende la misma, dejamos un vacío en nuestros seres queridos aunque existamos en sus recuerdos.

Estas reflexiones no son nuevas, y se remontan desde los inicios de la historia.  A modo de ejemplo, permítanme citar al filósofo Lucio Anneo Séneca (4 a.C. –  65 d.C.) Quién reseño “Cada día morimos: cada día se nos quita alguna parte de la vida, e incluso cuando crecemos nuestra vida decrece”, reflejando que la muerte nos acompaña en todo momento de nuestra vida, y al final nos alcanzará.

La idea de la muerte siempre está presente, y quien mejor que el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) quien nos cuente sobre sus luchas y miedos para comprender todo ello.   De hecho, escribió un poema tres días antes de su muerte titulado: “Morir Soñando”, donde comienza diciendo: “Morir soñando, sí, más si se sueña // morir, la muerte es sueño; una ventana // hacia el vacío; no soñar; nirvana; // del tiempo al fin la eternidad se adueña”.

Él siempre se distinguió por su miedo a la muerte, y muchos de sus trabajos se resalta la figura del hombre con “hambre de inmortalidad”.  Su filosofía se basa en el hombre de “carne y hueso”, refiriéndose el que vive, siente, sufre y agoniza;  y como resalta en su libro “Del sentimiento trágico de la vida en los hombres” escrito en 1913, insiste en la contradicción que se vive por la tensión de una inmortalidad incierta una vez alcanzada la muerte.

No puedo terminar de hablar de Unamuno sin recordar una de sus más célebres frases “No quiero morir, ni quiero quererlo”, y es él mismo escribe: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, nada tiene sentido. Y hay tres soluciones: (a) o sé que me muero del todo, y entonces la desesperación irremediable, o (b) sé que no muero del todo, y entonces resignación, o (c) no puedo saber ni una ni otra cosa, y entonces la resignación en la desesperación o ésta en aquélla, una resignación desesperada, o una desesperación resignada, y la lucha”.

Tras  la obra de Unamuno, parece que nos sumergimos en una incertidumbre sobre nuestro destino final.  Sin embargo, una luz surge tras leer las Sagradas Escrituras como a continuación voy a indicar, principalmente en la Primera epístola a los Corintios donde claramente se indica “El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Co  15:56-57). Esta última afirmación no debería causar sorpresa porque seguro recuerdan aquel pasaje del Génesis (para ser más exacto, Gn 2, 17) cuando Adán y Eva comen del fruto prohibido, es decir, van contra la ley impuesta por Dios, y por ende son desterrados y nace (por decirlo así) la muerte.

De estos dos pasajes bíblicos se desprende que es causada por nuestros pecados, pero existe consuelo de acuerdo al libro del Apocalipsis que nos revela: “Luego oí una voz que decía desde el cielo: Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí – dice el Espíritu -, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”  (Ap  14,13), dándonos a entender que solo los vivos dudan de la muerte, porque el entendimiento les será revelado aquellos que fallecen.

Se debe además tener en cuenta que para alcanzar el reino de los Cielos se debe morir de acuerdo al pasaje de la Biblia donde se afirma “Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos: ni la corrupción hereda la incorrupción”  (1 Co 15:50), de modo que el reino de Dios es imposible poder alcanzarlo con esta carne, esta mente, y mucho menos con estas dudas existenciales en un mundo frecuentemente construido de egoísmos y envidias.

Salomón  (965 – 928  a.C) dijo en Eclesiastés 9,5-6: “Los vivos, en efecto, saben que morirán, pero los muertos no saben nada: para ellos ya no hay retribución, porque su recuerdo cayó en el olvido.  Se han esfumado sus amores, sus odios y sus rivalidades, y nunca más podrán compartir todo lo que se hace bajo el sol”;  donde nos enseña que la persona que muere, nada siente como ahora nosotros sentimos.

Probablemente algunos no desean reflexionar sobre la muerte, sino más bien disfrutar del presente.  Les confieso que intentar imaginar la vida de esa manera… es como caminar hacia un abismo. Andar hacia la oscuridad total.  La vida no debe ser un incidente aislado que se disfruta gracias a un capricho aleatorio.  La vida, para mí,  nos brinda la oportunidad de escoger el camino que nos llevará hasta Dios cuando finalmente dejemos de existir.

Por ende la muerte debe ser el sendero que transitamos hasta llegar con Dios gracias a la luz de nuestras acciones en la vida, y pobre de aquel que no cree en Dios – nuestro Salvador, porque se sumergirá en una oscuridad donde la nada sólo se perturba por los pecados del incrédulo.


Publicado por primera vez en http://tuvoz.ultimasnoticias.com.ve/todos-moriremos-algun-dia/